lunes, 30 de abril de 2012

Dylan

Nueva reseña para Boca de Sapo: "El desconcierto del presente", sobre el recital de Dylan el viernes 27 de abril en el Gran Rex

http://reseniasbds.blogspot.com.ar/search/label/Felipe%20Benegas%20Lynch

Nieve


Nieve. Silencio. Otra vez.
Otra vez el trazo comienza a brotar. Las lágrimas invisibles, el pulso. Todo comienza otra vez. La sangre se mueve lentamente y mi boca se hunde cansada. El trazo comienza sobre la piel a florecer. Brota, no de mí.

Dos jóvenes caminan por un sendero de montaña. Son novios. Ella aceptó viajar con él: se impuso a sus padres y fueron, en colectivo, hasta el sur. Allí, con mapas y mochilas comenzaron a andar. Él conoce los senderos, la quiere llevar más allá, impresionarla y estar solos. Ella se maravilla, nunca ha estado ahí. La pelea con los padres es un recuerdo que se aleja a cada paso. La carpa y las montañas son su nuevo hogar.

Alzo mi cuello y veo: un trazo rojo comienza. No dice nada. No comprendo. Simplemente lo sigo paso a paso como un cazador. La nieve tapa todo en silencio. Mi mano avanza veloz.

Ella tiene veinte años: Camila Rushpald. Su padre vino de Europa en barco y, luego de una vida de éxitos comerciales, recibió de su joven mujer el regalo más inesperado y hermoso: una hija, Camila. Ahora es una mujer y a él le cuesta aceptarlo. Tiene toda la belleza de su abuela húngara. Un rostro extraño e increíblemente hermoso.
Se conocen hace seis meses. Están de novios hace tres y él quiere que su amor avance sobre Camila, sobre su cuerpo. Ella le pide tiempo y esperan. Él busca su piel blanca. Se acercan. Ella se refugia en sus brazos y le pide esperar.

Tiemblo y afuera todo sigue cayendo lentamente. Mi pecho confunde las estaciones y avanza mi mano sobre el trazo feroz. Hoy he visto el camino desaparecer bajo la nieve. Es el último arrebato del invierno, me digo. La primavera pronto estará aquí. Nadie vendrá por estos parajes perdidos. Nadie sabe quién soy.

            Han dejado atrás las zonas pobladas. Ya casi no se cruzan con nadie. Él la ve radiante, como si su belleza se acentuara con la soledad.

Un mísero conejo, eso es todo. Su pobre sangre sobre la nieve no es nada. No alcanza para cortar la blanca piel. Sin embargo abre una brecha en mi memoria herida y recuerdo: una batalla; la nieve comenzó a caer en la noche. Al amanecer, por un instante, todo fue blanco. Todo nieve y silencio. Después resonó el metal y la sangre brotó como ríos. La sangre por primera vez. Recuerdo. Seguí las huellas desesperadas del último niño, aquel que yo ya no podría tener.... Mi amada, ¿cómo pudieron hacerte eso? El niño gritó como un chancho y yo abrí mi dolor de la forma más salvaje, más desesperada y cruel. La nieve entró en mis huesos. Ya no habrá muerte para mí. En la noche siento el crujir del pequeño entre mis dientes ¿Cómo pudieron hacerte eso?

Silencio. Las criaturas se van. La nieve tapa todo en silencio.

Cuando se haya ido toda la gente,
toda la soledad,
espero encontrarte.

Sola,
trayendo tu estandarte
junto al mío,
para que mi canto te abrace
y mis manos te cuenten las batallas
que vencí y perdí.

Y que tu cuerpo se alce
y llene mis manos
con el calor que revive:
para salvarme de la muerte cercana,
para guardarte del frío.

Una vez más te intuyo
en este campo de sombras;
hace tiempo que te extraño
junto al fuego.

Pero ya no hay fuego para mí. Sólo la nieve y el trazo sangriento que comienza una y otra vez.
           
            Juan es su nombre. Conoce los secretos de la pesca y no les faltan alimentos. Además llevan latas y reservas. Cocinan y ella sonríe. Se la ve feliz y cansada. Él acaricia su rostro y la guarda del frío. Ya oscurece. El fuego empieza a ser la única luz.
            Él tiene veintitrés años y muchos veranos en el sur. Es la primera vez que su acompañante es una mujer. Conoció a Camila una noche en casa de unos amigos. Desde entonces no ha dejado de enamorarse y de desearla.
            Es temprano y se acercan a un río: deciden pescar. Él pesca en la desembocadura y ella, mientras tanto, busca maderas en el bosque. En poco tiempo ya tienen qué comer.
            Hacen fuego y ella se encarga de la trucha. En silencio sienten el fuego en el aire. Hablan del lago. Para ella es el más lindo hasta ahora. Él le promete mucho más. Hay lagos más chicos que no son tan fríos.
            Una tarde llueve y se empapan hasta que logran armar la carpa. Se cambian las ropas mojadas y pasan el resto del día resguardados. Cuando ella se viste él no puede mirar: así se entienden por ahora. Al llegar la noche duermen, pero ella se despierta al rato. Se asoma a la noche y ve el bosque inundado por la luna que brilla en lo alto. Su luz es blanca. En las sombras siente que algo se mueve y la observa. Cierra y vuelve a dormir.

La nieve tapó la huella. No hay fuego en mi casa. Nadie me ve. Nadie vendrá. Salvo que la noche me ayude y pierda algunos pasos hacia estos lugares remotos. Sueño con una joven. Necesito comer.

Escucho.

Así hablan mientras desde las sombras tejo y destejo el tiempo entre el frío y las flores que se acercan:

- Juan, ¿me pasás el cuchillo?
- Ahí va, cuidado.
- Gracias. Lo corto así, ¿no?
- Sí, y afilá la punta más angosta.
Mientras Juan arma la carpa, Camila trata de reponer la estaca que se les perdió el día de la lluvia. Luego se ponen juntos a cocinar.
            Las sombras crecen en la tarde a sus espaldas. El trazo se hace oscuro y veloz.
            Juan sueña esa noche con un lobo que acecha desde la sombras a Camila. No hay lobos en el sur, piensa al despertar. Ese día avanzan por un camino que sube y el valle que aparece a su lado los deja sin aliento. El aire se sostiene en silencio y todo brilla bajo el sol. Se toman de la mano. Respiran. Llegan a una curva y ven que el camino baja. Es una zona de bosque bastante espeso, adonde el camino se pierde de vista. Avanzan. El aire en el bosque es más frío. La luz se cuela apenas entre las ramas y cada tanto hay un chorrillo que cruza. Camila tiene frío y paran para que saque su abrigo. El silencio es inmenso en el bosque. Sólo se siente el viento frío que pasa entre los árboles. Cuando vuelven a mirar al camino lo ven: es un hombrecito pequeño, encorvado junto a un árbol, como una mancha. No estaba ahí. No lo habían visto. El silencio crece, frío. Camila se agarra de Juan y se miran en silencio. La cabeza gira y se oye un ruido como de hojas secas: es un anciano, flaco y duro como una rama. Sus ojos pequeños todo lo ven.
- ¡Bueenas!-, dice el viejito. - Estaba juntando hongos.
- Hola-, dicen y Camila trata de sonreír. Es un viejito con acento alemán. Sus ropas son.. ¿alemanas? casi todo negro, liviano. No parece tener frío. El cuerpo del viejito es fuerte.   -Mi nombre es Arturo-, dice.
- Hola ¿cómo le va?, Camila y Juan, mucho gusto.
- ¿De dónde vienen?
- Ayer pasamos por el río ... y vamos hasta el lago... Estamos recorriendo.
- Ah, es un lugar hermoso. Yo vivo acá, ya hace varios años
- ¿Acá, en el bosque?
- Sí, tengo una cabaña acá cerca. Vengan, allí podremos comer algo tranquilos.
La fría mano de Camila se aferra a la de Juan. Él no parece temer. Le gusta conocer a los lugareños.
            Habían comido. Camila hubiera querido seguir su camino, el viejito no terminaba de gustarle, pero estaban cansados y Juan no quería ser descortés con su anfitrión. La tarde avanzaba presurosa y pronto se sintió el frío de la luz que se va. Juan estaba fascinado con las historias del viejo. Luego de una cena liviana Arturo buscó entre sus cosas una botella de licor de frambuesas al que no pudieron resistirse. Luego, una vez acomodados con las bolsas de dormir en un extremo de la cabaña, y separados del anciano por unos pasos y una cortina, el sueño los arrebató y los dos quedaron indefensos, bajo los efectos del licor. Los sueños no tardaron en llegarle a Juan, sueños como los que jamás había tenido: Camila aparecía desnuda, allí mismo, en la cabaña. Un lobo negro pasaba entre sus piernas y luego la trataba como si fuera una bestia más. Camila sonreía con una sensualidad desconocida para él: el licor le chorreaba como sangre entre los labios, bajaba por su pecho y llegaba hasta el vientre, donde el lobo lamía sin piedad. El sueño era inconfesable.

Luego mi mano corre el aparente manto de la noche humana y ata lazos invisibles, hechos de una oscuridad más densa y viscosa que engaña a los ojos aun en la luz.

-Buen día-, dijo el viejo mientras Camila abría los ojos y automáticamente se cubría con la bolsa de dormir. Juan ya estaba levantado y la miraba junto a una taza humeante.
- Buen día-, dijo ella con una sonrisa mientras se desperezaba delicadamente y un bostezo la hacía volverse a recostar. Mientras ella se arreglaba en el pequeño baño afuera de la cabaña, el anciano le sirvió una gran taza de café con leche. Luego tostaron pan. Habían dormido muchas horas, pero Camila se sentía agotada. Rápidamente acomodaron sus cosas y partieron agradeciéndole al viejito por su hospitalidad.
            Hacía ya dos horas que habían dejado la cabaña atrás y el bosque helado parecía no terminar jamás. Esa mañana hablaron poco. Camila estaba cansada y Juan seguía confundido y turbado por los sueños de la noche anterior. De a poco las palabras volvieron y el episodio del viejo les pareció lejano, algo que no había sucedido jamás.
- ¿Paramos Juani? Estoy cansada.
- Bueno, démosle hasta ese claro y acampamos ahí. Creo que hay un río cerca, ¿escuchás?
Armaron la carpa y se durmieron temprano. El cansancio los dominaba. Sin embargo Juan no descansó, acosado por sueños intranquilos. Camila durmió como si no fuera a despertar.

Es ella, me digo, y mi mano tiembla sobre la blanca piel. Han pasado siglos pero vuelves, como la nieve y la primavera que me aturden.

            Por la tarde llegaron a un lago. Hacía calor. El sol todavía estaba alto y Camila, que parecía exhausta, decidió refrescarse. Últimamente estaba como ausente, perdida. Juan se sumó al deseo de Camila y, luego de cambiarse detrás de un árbol, corrió al lago y se arrojó a nadar combatiendo el frío. Camila, por el contrario, solamente se despojó de sus zapatos y se adentró unos pasos en el agua. Allí comenzó a mojarse con las manos, como lavándose la cara, tratando de despertar. Pronto su camisa y sus pantalones se mojaron. Parecía no darse cuenta de lo que hacía. Juan la contemplaba absorto desde el agua mientras ella abría su camisa buscando aire y su pecho quedaba al descubierto. Así quedó parada: semidesnuda y con el agua por las rodillas, con los ojos cerrados y el sol brillando a sus pies. Cuando volvió en sí Juan la estaba envolviendo en una toalla y la sentaba junto a él. Era extraño cómo se sentían, todo tenía un dejo de irrealidad. La noche parecía apurarse y en esa pronta penumbra Juan conoció el cuerpo desnudo de Camila por primera vez. Mientras la joven se desvanecía, Juan le quitó las ropas mojadas y la ayudó a ponerse algo seco. Armó la carpa rápidamente y la acostó. Esa noche no comieron.
            Cuando Juan despertó Camila estaba sentada dentro de la carpa. Todavía era de noche y afuera se sentía el blanco resplandor de la luna. -Hace calor-, dijo ella. Él la recordó desnuda esa tarde y algo de aquel sueño pasó junto a él. El deseo era cada vez más fuerte.
- ¿Cómo estás?- le preguntó. - Parecías muerta hoy a la tarde.
- Sí, no sé que me pasó. Gracias por cuidarme.
Juan se incorporó y se abrazaron. Enseguida sintió el cuerpo desnudo bajo la ropa. Se besaron. Ella parecía hundirse en su cuerpo. Pronto las ropas cayeron y Juan sintió la tersa piel en sus manos. Cegado por el deseo avanzó hasta recorrer todo su cuerpo y ella hizo lo mismo con él. Se quitaron el aliento hasta ahogarse. De pronto se detuvieron: había alguien, algo, afuera, entre ellos. El ruido de los pasos era claro y oyeron un sonido seco, como un rugido. Camila se cubrió. Escucharon asustados.
- No salgas-, dijo ella.
- ¿Qué será?
- No sé, mañana vemos, dejalo.
Los ruidos seguían confusos. De a poco se alejaron. Los dos estaban asustados y se durmieron abrazados. Algo se había interpuesto, como una espada, entre los cuerpos. La noche pronto terminó.

Es inconcebible que ese niño despose a mi mujer. Debe ser virgen, para mí, solo para mí. Una dama de su estirpe no puede apresurarse así, en esos bosques, ahogada de pasión. Debe ser como entonces: ella vendrá a mi y será mía, pero esta vez será para siempre y ya no nos podrán separar.

            A la mañana siguiente no hablaron de la noche. Estaban más unidos, silenciosamente. Camila parecía haber dejado sus reparos atrás. No vieron ningún rastro de los ruidos.

La noche se arrastra y crece entre mis manos. Poco a poco siento aumentar mi vigor. Me vuelvo más osado.

            Juan despierta en medio de la noche: Camila no está. La llama, tal vez fue al baño, piensa. Pero no. Sale asustado. Se pone los zapatos, toma la linterna. Camina unos pasos hacia acá, hacia allá. - ¡Cami!- grita, y nada. - ¡Camila!- El silencio lo aturde, no sabe qué hacer. Ve huellas. Entre los árboles negros avanza. Caminando, corriendo. No quiere perder el rastro. Junto a un enorme pino la ve: blanca como la nieve, de espaldas, apenas vestida, como se había ido a dormir. Está quieta, como paralizada. - ¡Camila!- Ella se da vuelta: su mirada está ausente. El licor chorrea de su boca y a su lado se mueve algo: pálido, horrible, pequeño. Tiene ojos como los del viejito y de repente aletea negro y se va: es un murciélago. Camila cae al suelo de agujas y raíces. Juan la carga hasta la carpa. No sabe qué pensar.
            A la mañana la carpa huele a pinos. No salen. Cuando Camila despierta Juan la está mirando, se ve preocupado. Ella no recuerda nada. Sólo está cansada, muy cansada. El resto del día duerme. Juan la despierta por la tarde porque no quiere quedarse en ese lugar.
            Ella sabe que algo raro está ocurriendo, pero no sabe qué.
- No quiero morirme, Juan...- Lo abraza y llora en su hombro.
- ¿Qué decís, tonta? ¿Cómo te vas a morir?
En silencio avanzan. La mano de Camila está fría. La tarde se pone roja como si fuera a amanecer.
            Siguen avanzando por el bosque: parece no tener fin. Tal vez están girando en círculos. Tal vez nunca dejaron la cabaña del viejo y el bosque es un sueño del que no pueden despertar. Finalmente llegan a un lago. Se detienen allí.
            Ella siente que su cuerpo se le escapa, que algo la está atrapando, de a poco. Busca los brazos de Juan para encontrarse, y en ese abrazo vuelve y ya no se quiere perder. Se besan y sin pensarlo, a la luz del día, se unen: las manos se hunden en el cuerpo ardiente, la boca se encrespa y se llena de sal. Es un bosque, grande, y en un claro junto al lago el sol se detiene: la luz baja jadeante sobre el agua y los árboles desnudos van cambiando de color. Los cuerpos se trenzan como raíces. Un insecto se posa en la pierna desnuda y una caricia lo echa a volar. Se deshace la tierra segundo a segundo, todo vuelve a empezar y llega: un gemido, desde lo hondo. Con un temblor se hunde el sol desesperado. La sombras se alargan como estacas en la luz. De a poco todo se calma y los jóvenes duermen abrazados: han creado la tarde, por primera vez. El sol, entregado, finalmente se cubre; las sombras se clavan con un filo mortal.

He muerto, pero vivo. Desposeído de todo continúo hasta el dolor. Mi mano tiembla sobre el blanco. Debo continuar.

Como un licor,
viejo,
recuerdo.

Ya no hay para mí nada:
mi sangre se agotó en la espada
y los restos de un humano
me hacen recordar.

Los sabores de cada hierba
duermen en mi boca perdidos.

He devorado todo
y ya no hay nada:
sólo la nieve,
blanca,
otra vez.

Nieve. Silencio. Te he perdido otra vez: en estas hojas, este suelo. Mientras escribo pienso que nunca debí dejarte. Ahora sólo puedo soñar: solo, escondido de todo en este agujero, esperando como una araña mi alimento. Ya sólo me abismo en las palabras. Han pasado siglos y sigues ahí: sola en manos del enemigo. Ya nunca podré regresar. Sólo me queda soñar que te veo y te escapas. En cada mujer te siento y te vas: la nieve borra tus huellas, la primavera crece absurda en tu piel.
                                                             
Anoche atrapé un ciervo. La sangre abundante se sintió bien. Mientras desollaba las carnes esta mañana llegó una pareja buscando un lugar para acampar. Es raro que alguien llegue hasta aquí, más en esta época del año. Les indiqué la bajada hacia el lago y luego de recorrer el lugar dijeron que se quedarían esta noche. He visto a la joven nadando en el lago: es hermosa. El muchacho acaba de morir.

jueves, 16 de febrero de 2012

Huemul - Miyazaki


Pronto

Escuchar

Felipe Benegas Lynch: guitarra y voz. Frank Ojstersek: bajo y contrabajo. Matías Villamil: saxo y arreglo de cuerdas. Norberto Di Bella: batería. Grabado de forma independiente y casera durante 2009/2010.
Todos los temas compuestos por Felipe Benegas Lynch. 

jueves, 9 de febrero de 2012

Para el flaco

Pobre artista del aire

le piden que hable

y él sólo quiere cantar.


Nadie sabe cuándo aplaudirlo.



sábado, 19 de noviembre de 2011

La bicicleta

Mi casa tiene un patio de piedras. Mi casa tiene un bosque detrás. Adelante está mi puerta, atrás el bosque. Junto a la puerta están las piedras, sobre las piedras ando yo. En bicicleta me muevo, rodando y girando sobre las piedras y a veces por el bosque detrás. Junto a mi puerta espero y me espera, a que se abra y me abra, pero no se abre y sigo la espera, dando vueltas frente a la puerta. En la casa está mi abuela, tejiéndose del frío, porque es otoño, y en otoño es mejor no salir. Me gusta la puerta, ver quién llega y quién se va. Quién llega. Pero no llega nadie y sigo dando vueltas. Mi bicicleta es azul.

Si llueve no se puede salir. Si llueve, no. Porque la lluvia moja y uno se puede enfermar. La lluvia es triste adentro, cuando no puede salir y su bicicleta se queda afuera, en el agua que la va a enfermar. Todo se moja y él no. Pero hoy hay sol y sale a andar. Da vueltas y vueltas en el frente de la casa, donde las piedras esconden un musgo suave que de cerca se ve como pasto de invierno. Anda y la tristeza un poco se va, la tristeza de la tarde larga. Su abuela vive adentro con él, lejos de la lluvia. Ella tampoco se quiere enfermar.

El niño gira y gira sin el agua, con ruedas y una puerta, un portón que no se va. Es el tiempo cuando empieza el frío: el otoño se arrastra y su rastro de humo se empieza a notar, especialmente a la tarde y a la mañana, especialmente cuando se nubla. Hoy el sol es de otoño, que viene y se va. Siente frío. El mundo se ha destemplado y las hojas se empiezan a volar. La tarde se estira inmensa y solitaria. Entre las piedras del suelo busca por un rato, arranca el musgo y se maravilla de ese mundo verde y suave que se encarna donde no se puede vivir. Sigue atento a la puerta que no se abre, y no se abre, como no se abre el pecho que se cierra temeroso sobre cierto musgo que no se ve. La bicicleta lo lleva lejos de sí, un poco más allá, aunque no salga. El niño está encerrado y no quiere salir. Está afuera con la bicicleta y su abuela adentro teje. ¿Su abuela? Sí, su abuela materna lo cuida como a un hijo perdido que ha regresado. La bicicleta, nene, le dice, te vas a caer. Pero él no sabe lo que es caer. Porque la abuela es vieja y si se cae se puede morir, pero él es un niño. Él también puede morir y nunca se cayó.

Ese musgo triste duele, porque es suave y se rompe fácilmente, duele como una piel. Son cosas que se esconden en la piedra, en lugares oscuros y húmedos adonde el agua se siente pero no se ve. Ellos rehuyen el agua, la abuela y él, los que pueden morir, lo que los puede matar. Ahora está afuera con su bicicleta y su abuela adentro teje. ¿Quién teje el mundo? Aquí no hay montañas ni ríos, sólo el musgo, la piedra y las ruedas una y otra vez. El niño da vueltas y vueltas, afuera y adentro, no pierde la puerta. El sol le pasa por arriba, fugaz en el otoño, da más tristeza que calor. Ahora no sabemos qué hacer. La puerta sigue ahí. La luz se esconde de a poco. El niño está cansado. La abuela adentro lo espera y la tarde se va. Cansado, el niño se sienta. Le pesa su pequeño cuerpo. Apoya la bicicleta en el piso y se acomoda en el último escalón, frente a la puerta. Mira las piedras, el musgo, la bicicleta sobre las piedras frías. Con sus manos se abraza las rodillas y recuerda las caricias de su madre en el pelo, cuando era de noche y él se estaba por dormir. Como una pequeña momia apoya la cabeza sobre las rodillas y se enrosca hasta sentir las caricias tibias en el pelo. Así se hunde suavemente en la intemperie de la tarde y se duerme sin querer.

Despierta con frío, las manos de la abuela le toman los hombros. Vamos querido, te vas a enfermar. Se para incómodo y entra junto a la abuela. Adentro la luz es poca, se desvanece lo último del sol y sólo queda la lámpara de pie, junto al sillón donde la abuela ha estado tejiendo. Lo demás se va perdiendo en la oscuridad. Tiene frío. Se acuerda de su bicicleta. Tengo que entrar mi bici, abuela, le dice molesto. No le gusta que quede afuera, se arruina. No importa, dejala y mañana la entramos, nene. Vení, sentate que te doy de comer. El niño se sienta como subiendo una montaña. Quiere ir pero ya es de noche. Su bicicleta está afuera y toda la oscuridad pesa sobre él, está terriblemente cansado. Mira entonces la enorme mesa con su plato: el agua, la polenta, el caldo de la abuela y un pedazo de pan. Comé, querido. No quiero. ¿Qué pasa, nene? La cabeza se vuelca hacia abajo levemente y el llanto brota inevitable, ya no lo puede contener. La abuela afligida lo lleva como puede a la cama mientras el niño se hunde en su costado. La polenta queda sola en la mesa silenciosa. El niño llora sin consuelo y se duerme con la abuela sentada a sus pies. Afuera, la bicicleta se moja. La almohada también.

La almohada y la bicicleta. El niño y la abuela. El agua. Madre. ¿Quién va a morir? La madre se ha ido, no está. Llueve y no salimos. Hay sol y salimos. Es otoño y hay que abrigarse, no salir. La noche, la noche es oscura y el pequeño cuerpo cansado quiere que lo cuiden, que lo dejen caer, que lo dejen crecer. La abuela va a morir porque es vieja. El niño debe vivir. Entre las hojas muertas, rojas y amarillas, pasa el agua limpiando el barro, haciendo el barro y brotando de la tierra como humo al aire oscuro que pesa el otoño alrededor. ¿Quién teje el mundo? Sale el sol y las hojas bajo el agua se ven. En los charcos profundos se ven. Hojas secas bajo el agua. No llego al agua. Voy a morir. Estoy atrapado en lo más seco, en lo más alto, en el temor de salir. El calor, pobre abuela, me está empezando a ahogar. La puerta me está empezando a ahogar. Pobre abuela que va a morir y me tiene que ver niño y muerto antes que ella. El humo del otoño llega como agua hasta la puerta. El musgo sangra y sangra sin hablar.

El agua está afuera. Está en todos lados y no se puede salir. Está adentro y no se puede salir. Nos ahogamos adentro hasta que el agua nos saca muertos y quedamos más allá, tirados en la playa de barro. Entre las hojas secas nos movemos siguiendo surcos de agua, remontando ríos invisibles en el humo del otoño hasta los charcos profundos, donde los pájaros van a beber. Mi abuela ya se muere y yo la llevo de la mano a que beba, que baje hasta los charcos con los pájaros, que avance entre las hojas como yo. Las raíces nos marcan el camino hacia la tierra, de donde entramos y salimos como agua, siguiendo al agua que sigue siempre, arriba y abajo, entre las hojas y el aire, en la luz. Finalmente llegamos, vemos: el agua, la luz, el sol. En el silencio de la tarde nos miramos y mi abuela empieza a llorar. Sus lágrimas caen en el agua de un charco y se mira en el agua deshaciéndose. Se ve sobre las hojas del fondo temblando y sonríe y me sonríe a mí. El agua va entrando, de a poco, en nuestra casa. El niño debe vivir.

Por la mañana todo está mojado y el sol lo hace brillar. El niño también ha mojado el mundo y la abuela, preocupada porque ya está grande para eso, tira las sábanas a lavar. El niño pronto sale al sol, donde todo sube al cielo invisible y el aire frío de la noche se calienta. Con un trapo seca su bicicleta y enseguida la vuelve a mojar y se salpica andando por el pasto. No sabe qué hacer. La mañana brilla fría bajo el sol. Quisiera que ese árbol fuera un bosque, y esa loma una montaña, y que todas las gotas hicieran un río, lleno de peces brillantes y grandes piedras, adonde él pudiera saltar y ser un indio que caza y pesca, o tal vez ser uno con su bicicleta y andar ese mundo entre rocas, aguas y montañas, esquivando pinos a gran velocidad. Frena. Se apoya en el tronco con una mano, haciendo equilibrio sobre la bicicleta y mira su casa lejana. Junta fuerzas y recorre la pequeña cuesta hasta la casa, marcando su huella en el pasto y espantando unos pájaros azules que habían bajado a comer. ¿Son tordos los azules? Ahora se van como un milagro que desaparece y quedan unos pocos grises nada más.

Mi abuela me busca y no estoy, me he ido cuesta abajo hasta un árbol, pero vuelvo en la noche y le digo: vamos, abuela, bajo las estrellas se ve. Se abriga mi abuela y vamos, en silencio cuesta abajo, y algo vendrá, algo de lo oscuro, algo nos hará seguir aunque no veamos más que el cielo, aunque el miedo nos mate fuera de la luz.

Si llueve no se puede salir. Si llueve, no.

El niño arma un rompecabezas. No lo arma. La imagen destruida lo desarma y no puede seguir. Debe haber perdido una pieza. Perdió una pieza y lo vuelve a guardar. El niño. La hora de la siesta lo obliga a refugiarse, pero no hay refugio para él. La hora de la siesta es el silencio insoportable. Rompecabezas. El niño arma las horas segundo a segundo. Se desarma. Es el enorme desierto donde todo muere, donde sólo los héroes pueden vivir. El niño sueña con ser un héroe en el desierto, alguien que no sufra y que en las películas todo le salga bien. Busca su bicicleta como en sueños. La hora sigue ahí.

La bicicleta está tirada y no tiene ánimo de levantarse. El niño la palmea un poco, se sube y amaga a pedalear, pero el giro es breve y vuelve al piso. ¿Qué engendra el otoño en esta tierra muerta? Entre las hojas secas, bajo el agua, el barro. La abuela teje y de a ratos sueña. Algo va naciendo de su vientre, de sus manos, alguien. Es un cuerpo conocido que se ha ido: juguemos en el bosque, le cantaba, mientras el lobo no está. Pero en el sueño ya no canta y los lobos vuelven y la vuelven a agarrar. El silencio le duele en las entrañas. Sólo pide, una y otra vez, por el niño, que se apiaden. Sus manos tejen poco a poco una verdad: no puede hablarle de los lobos en la noche. Se despierta y reza una plegaria. De a poco el sueño se le va.

Caen las hojas y caen los días, perdidos en una inmensa tarde que se traga el antes y el después. El niño espera. Torpemente trae la noche y el día, algo que no sea tarde eterna, algo que lo saque de esa luz sin cuerpo. De noche se levanta y se pierde en la noche. La oscuridad lo traga y no sabe adónde ir. No hay abuela, ni madre, ni puerta. De la oscuridad no se puede salir y en el suelo hay charcos negros que lo miran. Hay frío y desesperación. La puerta. Es como un sueño del que no se despierta y cuando despierta está solo en lo oscuro. Sabe que no está en su cama. No sabe cómo llegó ahí.

Llueve. La abuela teje. Sobre el vidrio frío brota agua sin permiso y lentamente se empieza a mover. El calor de la casa se hace agua en las ventanas y en los techos. En nuestro pequeño universo las vertientes empiezan a nacer. Siento una gota en la cabeza y miro hacia arriba. No hay nada. Sí, veo: en la madera crecen gotas y desaparecen. Miro a la abuela: teje bajo la lámpara, ella no se moja. Estoy sentado en el piso mirando una revista. Cae otra gota, en mi mano. Ahora miro el agua, la busco: junto a la puerta ha crecido un pequeño charco. Cuando lo vuelva a mirar será un lago, un río. Las gotas del techo aparecen más seguido y caen. La madera cruje oscurecida, brotes silenciosos empiezan a nacer. Siento un pie mojado y descubro que el lago de la puerta llega hasta mí. Miro a la abuela imperturbable y no la alerto. El techo parece cubierto de estrellas o estalactitas que caen y vuelven a nacer, brotan como lágrimas. El viento se siente fuerte contra puertas y ventanas. Escucho goteos y ríos que no se ven. Pero sí se ven. Desde la cocina veo asomarse otro lago a espaldas de la abuela. La mano se me moja. En la viga del techo veo nacer un brote y la madera tiembla como un canto. Mi revista ya está bajo el agua y miro en el lago una sombra fugaz que resulta ser un pez. El techo está definitivamente floreciendo: pequeños tallos verdes con flores blancas van cubriendo la madera que canta como un barco que vuelve al mar. Se huele la lluvia en el aire y la abuela sigue con su manta y su lámpara, tejiendo el mundo sin saber. No me importa mojarme y sigo contento a una trucha que entra y sale de abajo de la cómoda. El viento sopla más fuerte de repente y caen algunas flores blancas del techo. La ventana está abierta, y la puerta, y la casa. Sólo la abuela está en lo alto y prefiero no decirle nada para no alarmarla: me acerco empapado y sin molestarla le pongo otra manta sobre los hombros, porque la humedad le puede hacer mal. La abuela duerme, teje sueños. El agua brota indiferente en su universo, apareciendo en techos y paredes. Las paredes se agrietan: nacen plantas imperceptibles al principio y como hilos después. Sólo la abuela teje en sueños, en lo alto. Yo me pierdo siguiendo peces fríos, jugando. Mi abuela despierta entonces y desde el agua la miro: cerrá esa ventana, nene, que te vas a enfriar, me dice, y yo cierro esa ventana que el viento abrió una tarde de tormenta. Tomo mi revista y la cierro. Mi abuela no se da cuenta de que tengo mojados los pies.

Puerta, puerta, puerta. La puerta no se abre. No llega nadie. Nadie se va. Vuelta y otra vuelta, vuelta y otra vuelta. Más allá, más acá.

Abuela, no digo nada. Abuela, tengo miedo, no digo, y la miro azul como el mar y la noche. Abuela, trae el mar, deja entrar el mar. Abuela, escribo cuando ya no existe: el niño y su bicicleta azul. Pero el desierto existe, y el silencio y las palabras. Él no es un héroe. Escribe cosas que no existen. Las palabras existen. Abuela, tengo sed.

Llueve. La bicicleta se moja. Yo no. Abuela, digo, ¿puedo salir? ¿Estás loco, nene? Cuando se duerme en su silla salgo igual y me acuesto en el barro boca arriba. Nunca vi la lluvia así: cae. Yo me caí, mi bicicleta también. Patinamos en el barro y caímos sin más. El agua me entra por los ojos y la nariz. Abro la boca, es dulce. Los árboles altos suben, la lluvia baja. La abuela sueña que es joven y me escucha gritar con otros niños en la calle, en el bosque, mientras el lobo no está. ¿Lobo está? Mi bicicleta y yo sobrevivimos al agua y la tormenta, el asiento de cuero se pudrió.

Mi abuela está preocupada, yo le digo que no va a volver a pasar. Si llueve no se sale. Si llueve, no. Y si llueve adentro no salimos: nos ahogamos y ya. Tejemos en la silla hasta quemarnos, esperamos la inundación. Abuela, tengo miedo. Abuela, ¿dónde está? La tierra está en otoño. Me acuesto entre las hojas, me acuesto en el barro. Todo se moja y yo me mojo. En la voz, adentro, el musgo. Las voces que no encuentro en este secreto que la tierra guarda. Los ríos, los ríos. La noche, la noche. Vamos, abuela, con las estrellas se ve. Sigamos por ríos invisibles. Acércate a beber.

Otra vez secos, otra vez en lo alto del fuego. Mi abuela me mira y yo la veo mirar. Me ve lejos, en las calles. Nunca me fui. La puerta me espera. La puerta se fue. Yo me fui. Grito con otros niños. Grito mamá y viene del cielo más suave a hacerme dormir. Grito y no viene. Grito y viene el agua de mis ojos y mi abuela llorando detrás. Es una tragedia, hermosa, yo gritando con mi abuela, haciendo mares en mi casa. Mi madre viene y me llena el pecho de sueños, de tierra suave. Mi madre no está. Mi bicicleta está afuera. Ya pasó.

Las hojas secas. El agua. Las hojas. Abuela nada más. Camino nada más. La mañana. Helada mañana. Pastos altos mojados bajo el sol. Montañas nada más. Apenas el sol. Andamos camino. Avanzamos. Mi bicicleta y yo. Sobre las piedras y el musgo. Madre nada más. En los caminos helados. Alguien. Mojado hasta las piernas. Los pedales patinan bajo mis pies. Mojados. Subimos la cuesta sin caernos. Sin aliento. Todo el aire está allí. El campo inmenso que nadie ve. Madre en la niebla. Madre nada más. Tierra húmeda de otoño. Ríos, abuela, ríos que no se ven. La noche. Río de la noche. La lluvia de la noche me desborda, los mares, abuela, ven a beber. Y bajo hasta los charcos hondos de los pájaros. Entre las hojas avanzo hasta el sol. Se deshace en el agua, mi abuela de barro. Se deshace mi voz. ¿Quién teje el mundo? Acércate a beber. Madre en la noche. Sigo subiendo, con la bicicleta en mano, voy a llegar. La noche, con la luna alta de otoño. Luna blanca en lo alto. Luna nada más. Niño nada más. Escucho ríos, abuela, ríos que no se ven ¿Quién teje el mundo?

Ahora cierro la puerta. No apagues la luz. ¿Adónde se los llevaron? Ahora cierro la puerta y no queda nadie más. ¿Adónde la llevaron? Ahora cierro la puerta. No. El niño. No apagues la luz. Cierro la puerta. El día se acabó. La noche. Los lobos.

Puerta, puerta, puerta. La puerta no se abre. No llega nadie. Nadie se va. Vuelta y otra vuelta, vuelta y otra vuelta. Más allá, más acá.

La bicicleta. La noche. Llueve. El niño. Siente. Las palabras. En la noche. Se las llevaron. Niño en la noche. Madre en la noche. Sus manos. Se las llevaron. En la noche. Llueve. Llueven piedras. Llueve todo el cielo y las palabras salen. Salen como sapos. Llueve la tierra y los sapos salen. Quedan en el campo. En la noche. Las palabras. Los sapos. Se los llevaron. ¿Dónde están? El niño. Escucha. La abuela. En silencio. Llueve. Se los llevaron. Escucha. En la noche. En la niebla. Llueve. Si llueve. Si llega. No salimos, abuela. Abuela, no. Tejemos hasta quemarnos. La tierra. Los ríos. Las sombras. No salimos. Si llueve. No. La noche. El agua. Ven a beber, abuela. En la noche. A los pozos hondos de la noche. Llegará. Mi abuela de barro. Se deshace. Mi voz. Llegará. El agua. La luz. Esta tierra muerta de otoño. Llegará. El cielo. El agua. El niño. Niño en la noche. De a poco. El niño y la tierra. De a poco la tierra. Madre. En la noche. Florece en la noche. En silencio. La madera. Teje en silencio. Los sueños. El agua. La bicicleta. La noche. El agua. De a poco. La noche. De a poco. Azul. La luz. El mar.

Mi casa tiene un patio de piedras. Mi casa tiene un bosque detrás. Adelante está mi puerta, atrás el bosque. Junto a la puerta están las piedras, sobre las piedras ando yo. En bicicleta me muevo, rodando y girando sobre las piedras y a veces por el bosque detrás. Junto a mi puerta espero y me espera, a que se abra y me abra, pero no se abre y sigo la espera, dando vueltas frente a la puerta. En la casa está mi abuela, tejiéndose del frío, porque es otoño, y en otoño es mejor no salir. Me gusta la puerta, ver quién llega y quién se va. Quién llega. Pero no llega nadie y sigo dando vueltas. Mi bicicleta es azul.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Reseñas para la revista Boca de Sapo

Sobre el recital de Bobby McFerrin en el número 10 de la revista: "Atrápame si puedes"

Sobre Bellas Artes, de Luis Sagasti, El mármol, de César Aira y Trampa de luz, de Matías Capelli.

http://reseniasbds.blogspot.com/search/label/Felipe%20Benegas%20Lynch